Otoño Imperdonable

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Este es el libro con el que María Elena Walsh se dio a conocer comopoeta. Lo publicó en 1947, en una edición que pagó ella misma,cuando tenía 17 años. Recoge una selección de los poemas quevenía escribiendo desde apenas entrada en la adolescencia. Llamaenseguida la atención la temprana madurez de esta escritora, ladestreza a un tiempo conceptual y musical con que maneja laspalabras. También se advierte aquí el germen de su imagineríapersonal, cosechada en el paisaje suburbano, que desbordaríaposteriormente en sus poemas y canciones, también en lasdedicadas a un público infantil. Y esa difícil sencillez en el armadode las frases, esa fluidez sólo aparentemente natural en laexpresión. Otoño imperdonable, cuyo título es en sí mismo todo unhallazgo, atrajo de inmediato la atención de poetas consagradoscomo Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Silvina Ocampo y JuanRamón Jiménez, y le abrió las puertas de los suplementos y lasrevistas literarias de la época.

María Elena WalshOtoño imperdonableePub r1.0et.al 13.11.2019

María Elena Walsh, 1947Retoque de cubierta: et.alEditor digital: et.alePub base r2.1

Índice de contenidoCubiertaOtoño imperdonableDedicatoriaÁrbolEsenciaBalada de la alondra persuasivaTérminoCon la mano vacíaLa sombraMínimaTránsitoEl lugarVana historiaEl caballo muertoLa vísperaNoche de fríoBalada triste

La cabalgataHombre pensativoLa casaPaisaje de elegíaPoemas con razones principalesIIIIIIEpílogoSobre el autor

Escribí Otoño Imperdonable entre los 14 y los 17 años. Esto no esdisculpa ni jactancia: es una dedicatoria. Si veinte años después algunosadolescentes sienten alguna complicidad con este libro, la reedición estájustificada.Nota a la tercera edición, 1967

DedicatoriaPiénsame como en la fotografía:con mi perfil rondando tu apellido.Brizna desmemoriada que ha crecidoal lado de tu voz, amiga mía.Yo soy aquella fiebre de papelesque por los corredores de la escuelaadmiraba tu mundo de acuarelay la política de tu pinceles.Soy el antaño de tus mediodíasy aquel afán donde te reconoces;quien buscaba tu voz entre las vocesy quien tanto lloró porque sufrías.Mi corazón en todo te comprende—desde su cerradura o con su llave—pero perdónalo porque aun no sabe

en dónde acabas tú y empieza el duende.Digo que eres sostén y nervadurade esta riqueza que no llamo míaporque eres la verdad de mi alegría,porque estoy reclinada en tu dulzura.No encuentro nada venturoso y nuevoque presida el candor de mi confianza;alargaré tu nombre en la esperanzahasta pagarte lo que no te debo.En la ciudad de mi palabra fríaardiendo está tu ausencia o tu latido.Mucho antes de partir me habré perdidosin tu mano en mi mano, amiga mía.Danza con mis paraguas arlequines,prende mi luz y mírate en mi espejo.De todo me desprendo y te lo dejo:la lapicera, el canto, los patines.Te estoy queriendo única y primeradesde mi soledad exagerada.Siempre estaré de frente en tu mirada

y asistiendo a tu sombra verdadera.Dame la mano y vamos a algún ladocon los pinceles como pasaporte.Las dos con una brújula sin norte.Las dos con un reloj equivocado.

ÁrbolMe detuve en la sombra transparenteque cielos pastorales derramaban.La soledad hería el horizontepara extenderse más ilimitada.Huyó mi voz de todos sus espejosy renaciendo en floración atávicadijo con el lenguaje del silenciolo que decir no pueden las palabras.Un ritmo vertical buscó mi sangre,su calidad de lastimada savia,mientras como una firme enredaderala tierra a mi dolor se encadenaba.En ferviente espiral se desvelaronmis manos en sazón, mis manos ávidas,y al encontrar el límite del viento

frustráronse implorantes como ramas.Encendida de cantos fue mi sombra,herida en un incendio de bonanza.Conoció la dulzura de la tierray la inmovilidad de la distancia.Desde la linde diáfana del airemultiplicados cielos me reclaman.Y mi desolación arborecidabusca alcanzarles un montón de llamas.

Esencia

Indefinible esenciaBÉCQUER.Nunca nombrarla, nunca.Ni callarla siquiera.Solamente crecer de sus raícescon asombrado llanto.Ser y morir tan sólopara justificarlacomo naturalezay sumisa costumbre.Madurará con pausay exactitud de necesaria estrellay sólo incertidumbresme probarán su órbita,su doloroso amor, su cumplimiento.Será un desgarramientoelemental, constante.Desesperada espera—lo sé— desesperada.Y sin embargo, nada

persistirá más ciertoque su sabiduría,que sus sencillas fiestas.Como el rosal seguro de la rosa.Y yo seré la sombrade su florecimiento,yo viviré acatandosu voz y su silencio,en indefensa tierra,irrenunciablemente.

Balada de la alondra persuasivaEn otra madrugada,por vientos de ceniza,obedecí al latido de la alondra.El cielo no era cielo todavía.La zona del hornero,el tiempo de la encinase inquietaban en lento aprendizajey el cielo no era cielo todavía.Hubo un encantamientode flor y hierba fina,un cauteloso antaño de rocío,y el cielo no era cielo todavía.Septiembre consteladode dos campanas fríasrodaba por lugares de silencio

y el cielo no era cielo todavía.En clima de obedienciami pulso recorríatodo un advenimiento de corolasy el cielo no era cielo todavía.No regresó conmigola alondra persuasivaporque me desterró de su latidocuando el cielo fue luz de mediodía.

TérminoYo sé que estoy en vísperas de lo desconocido:un presagio madura tristemente en mi pulso.Por él ¡oh despiadado! ya imagino las nochesen que andaré descalza por pasillos oscuros.Retoños de dolor que imaginó mi frenteen rojas certidumbres florecerán mañana.Tengo el presentimiento de mi infausto bautismo,de la amarga parcela que me está reservada.Que el silencio presida mi pavorosa angustia,que nada en mí pretenda huir de lo inevitable.Para sufrir más tarde el tiempo de las lágrimasvivo ahora esta edad de sed y aprendizaje.Todas las cosas deben florecer. Que el auguriose nutra de mi sangre y cumpla su presente.Como él es el paisaje que habitará el dolor

yo soy un sitio donde florecerá la muerte.

Con la mano vacíaOh profesión salobre de silencio.Yo lo he callado todo. Las palabrasme negaron su tránsito oportunocon un hilo de hierro en la garganta.Quise nombrar en vano la dulzura.En vano quise darme en alabanza,que resistió tenaz la cerraduray toda llave me valió menguada.Tal vez es una herencia de crepúsculosen que el mutismo fue horizonte y gracia,que revive en sajonas precaucionesy caldea mis venas en su fragua.Tal vez alguna intemporal presenciame reveló su antigüedad de lágrimasencendiendo en mis ojos para siempre

la luz contemplativa de su lámpara.Todo será llorado y retraídoen la desolación o la esperanza,que en mi voz decreció el abecedarioy toda interjección fue amordazada.Pueda quedar a solas con la tarde,creciendo en ambición de venturanza.Aunque huyan las palomas y me dejencon la mano vacía en la ventana.

La sombraTodo persiste en su razón primera—frágil andanza, precio del encanto—:La araña en su ritual devanaderay el pájaro en la forma de su canto.Yo también nombraría, si pudiera,esa versión alegre del quebranto,pero cautivo de mi cabeceraestá el silencio que me duele tanto.Está mi esencia, sueño amortajado,por equivocaciones y cadenas,por floraciones muertas en retoño.Y el mar de pensativo acantiladoque enfría en el tumulto de mis venassus peces importados del otoño.

MínimaBajo la risa del veranogiraban mundos de colores.Entonces era yo tan niñaque no sabía el nombre de las flores.Recuerdo el pájaro atareadoy la faena de la arañay el cielo diminuto que cabíaen mis pestañas.Con la respiración del aguay el riesgo de la arenapasaba el tren de la mañanajunto a los grillos y las azucenas.Y mientras mi candor rondabapor las provincias de una caracolatañían su silencio enamorado

el pez y la amapola.

TránsitoCrepúsculo que me anunciaun tiempo de soledad.He recuperado el llantoen mi espera elemental.Es en vano el plenilunio,la paloma y el rosal:soy forastera en el ámbitode esta dulzura sin par.No sé que hacer con mis ojosinmigrantes. No sé yacómo habré de repetirmede silencio tan fatal,de mi bautismo de sombrafrente a tanta claridad.Nube, pájaro, legumbre,ay, no quisiera llevara sus cálidas presencias

mi cofre de hielo y sal.Verano, clima de ausencia,tiempo de mi soledad.

El lugarUn día —no sé cómo— me di cuenta que amabaeste cielo encauzado en dosel de follaje,que amaba este silencio iluminado en trinos,este paisaje triste que casi no es paisaje.Por aquí pasé un día con el primer asombro,con el ardiente asombro de saber ya pensar.Y, vírgenes los labios de palabras lejanas,hablaba con los árboles mi voz elemental.Esta calle ha vivido paralela a mi infancia¿y con los ojos fríos pasaba junto a ella?Olvidé que hay alzadas mil perpendicularesde su nombre y mi nombre a todas las estrellas.Ahora, ya advertido su abolengo infantil,me persigue el recuerdo con sencillo reclamo.Por eso la contemplo con amor, prevenida.

Como si ya mis ojos la buscaran en vano.

Vana historiaSi no recuerdo mal, todo cabíaentre los horizontes de un pañuelo.Entonces figuraba el mediodíaun sol con ojos en mitad del cielo.Y gracias a una tierna hechiceríala noche prodigaba su consuelocon tanta caridad que uno veíalas estrellas tiradas en el suelo.Pero hoy el agua no lo dice. Es cierto:ya no se pone un corazón doradoni roba añiles a la golondrina.Porque el mundo hechizado está desierto.Qué dolor, sobre él se ha desatadoel Miedo con sus trapos de neblina.

El caballo muertoEl sol se despertabainsinuando perfiles y cencerros.El caballo,a solas con su muerte, se vestía de tiempo.Aún guardaba el cielola consistencia pura de la escarchay la hierbaamarilleaba como arrepentidade su lujoso brío de esmeralda.Los árboles orabancon su sombra monjil por el senderoy a ratos se esbozabaun trino en la blancura del silencio.Allí estaba el caballo,a solas con la tierra,

desvanecido en íntima penumbra,condecorado por la primavera.Quebró el itinerario de sus ojosesta invisible sombra de ramajes.Al litoral vacíohuyó una referencia de paisajes.El caballo,ay, ya no tiene nombre.La muerte lo igualó con cualquier cosa:un olvido sin alba ni horizonte.Pero un niñosupo llorarloallá cuando ninguno lo mirabay estaban lejos todos los rebaños.Después, un doloroso testimonioocupará la fosa a flor de tierra:unos huesos que investirá la nochecon la blancura de la luna llena.La muerte del caballo fue lloradapor un niño.

Y para iluminarla por más tiempoel sol se rezagaba en el camino.Ahora, cuando anuncia algún galopesu entusiasmo de rúbricas sonorasparece que el caballo se conmuevebajo los cuatro garfiosque sin remedio lo atan a una sombra.

La vísperaYa preguntaba por el mundo mío,por la calle sin voz, por el pausadoretorno de la noche en el rocíoy por el aldabón desmemoriado.Sorprendían los pájaros del fríola soledad del parque ensimismadoy regresaba el nombre del estíopuntual como la sangre a mi costado.¡Oh voluntad de estrella en la bujía!¡Oh cortejo de llantos vegetalesque en el perfil del viento renacía,cuando al temblar la savia en su retoño,bajo un aire aturdido de panalesamaneció la infancia del otoño!

Noche de fríoVagábamos por calles de pájaros sin nombre.Oh calles de la noche, oh pájaros del frío,íbamos bajo cielos constelados de sombra.Oh sombra de una música sin cauce ni destino.Los árboles huyentes y casi mineralesimaginaban órbitas de cercanos zodíacosy un silencio salobre se helaba en la estaturadel aire en el ramaje plural estremecido.El agua de la noche trazaba en mis pupilasacuáticos senderos, tréboles cristalinos.Qué pleamar, qué alarma: vertientes verticalesy páramos de sombra que llevan a un abismo.Y de pronto, un anuncio de bienaventuranzas:el viento que alargaba los muros amarillos.El viento, que movía rumores espectrales

casi reproducidos en follaje de vidrio.Vagábamos por calles de pájaros sin nombre.Por ámbitos de sueño, húmedos y sombríos.Cobró el agua en mi voz el sabor de la nochey designé a los pájaros con números de frío.

Balada tristeEra el otoño y era la llovizna,la inicial certidumbre del poniente.Mis pasos desandaban su tristezamientras sobre la tierra conmovidaera el otoño y era la llovizna.En el transcurso de las avenidastodos los pájaros habían muerto,y las hojas llovían cautamentesobre la hierba, cerca de mi sangre,en el transcurso de las avenidas.¿Qué llanto conocí, qué desconsuelobajo los árboles deshabitados?Cuando en la fuente se reconocíaun cielo de palomas lejanísimasqué llanto conocí, qué desconsuelo.

Oh muros de mi sed, aquellos murosque no sé si existieron a mi lado;bebí en ellos soledad de siglos,luz funeraria, fríos alusivos.Oh muros de mi sed, aquellos muros.Triste ejercicio el de invadir la nieblapor ámbitos inciertos, declinando.Atravesé desconocidos puentesen el amanecer de los faroles.Triste ejercicio el de invadir la niebla.Todos los pájaros habían muertoen el transcurso de las avenidas.Qué llanto conocí, qué desconsuelo:era el otoño y era la llovizna,todos los pájaros habían muerto.

La cabalgataPartimos cuando el alba destejíalas finas luces de su cabellera.Se inauguraba la fisonomíaadormecida de la primaveraen la celeste voz de las glicinasy en el turismo de las golondrinas.Galopábamos bajo la enramada,fustigados de viento mañanero.Crecía en la penumbra iluminadael alboroto vítreo del horneroy ya ardía en el cielo de las rosasuna constelación de mariposas.¡Oh aquella galería de frescuraedificada en ráfagas frutales!Huíamos de sus sombras, en procurade la inminente luz de los trigales

alborotando charcos instaladosjunto a las procesiones de alambrados.Y regresamos con el mediodíaaromado de trinos y colores.En la casa, una ardiente algarabíaquebraba el luto de los comedoresdonde filtrando atisbos de cairelesel sol caía sobre los manteles.Nadie me vio más tarde, florecidala frente sobre el tallo de mi mano,con la memoria de mi voz perdidaen la proximidad de lo lejanoy advirtiendo a través del duraznerola temprana presencia del lucero.

Hombre pensativoEl hombre está pensando, y en su frentejuega una sombra trémula de vientoy danzan los delirios que la fuentele brinda en su pausado movimiento.El hombre permanece conmovido.Sin ansia y sin recuerdo. Se ha quedadocon la asistencia fiel de sus sentidospendiente de un destino inesperado.Porque el agua es un libro transparenteque a veces melancólico iluminaalgún sangrante trozo de ponienteo un desbande casual de golondrinas.El hombre lo comprende y se demoraen el fluvial silencio de la fuente.Sin advertir el ritmo de las horas.

Sin ver danzar las sombras en su frente.

La casaAllá estarán las cosas todavía,a punto de no ser, contradiciéndose.En el hastío de las escalerasy en la resignación de las paredesaun seguirá creciendo aquella sombracon su sed de presagios inminentes.Aquella sombra, ay, aquella sombrafría como la sal y como el verde.Su perfume inquietante, su leyendade confidencias y de parecerescaía en el ramaje de mis hombroscon la perseverancia de la nieve.Yo nunca tuve edad. Por eso entoncescrecí en la medida de mi muerteante la certidumbre del dolory la presencia de lo inexistente

y esa frialdad de las antiguas vocessólo atentas a sus atardeceres.Dejadme que imagine: allí quedaronlos guantes amarillos del jinete,el crucifijo, las lamentaciones,la ácida vigilia de la fiebre.(Consternación que pudo perpetuarseen el mundo asombrado de mi frente).Yo sé que quise huir de los espejosdeshabitados insistentemente,de la cal angustiosa, de la fecha,de la persecución de los caireles,de sombras que llovían por los muroslentas como la miel, y amargamente.Es verdad que nací para estar tristejunto a cualquier ventana, cuando llueve.Pero eso sí: guardadme mi silencio,aquel tan habituado a mis papeles,desordenado como las estrellas,amigo de mi voz, sencillamente.No me llevéis a las habitaciones

donde sollozan coloridos seres,en donde no podría habitar nuncael aire que respiran los juguetes.Porque no quiero ver anochecidami propensión a los amaneceres.

Paisaje de elegíaNo escuches mi dolor, tú que me heriste.No te reclama ya ningún acento.Sólo en mi corazón la sangre es triste.(¡Oh lentas calles del otoño lento!)No te requiero un solo mandamiento.—Tú que me niegas, tú que no me diste—No sientas esta muerte que yo siento.(¡Oh tristes voces del otoño triste!)Que sólo a mis entrañas se refieraeste clamor, este importante frío.Quiero que no te alcance su lamento.Pero si alguna vez te desesperaun gran silencio, es el silencio mío.(¡Oh lentas sombras del otoño lento!)

Poemas con razones principalesIMiento tu dicha sin querer, hermano.Mi corazón, espejo de la tierra,ha sepultado el rostro del veranoen sombra humana y en humana guerra.Si hablo del otoño es porque lluevenllantos sin fin en un jardín desierto.Sugestivos silencios me conmuevensi digo que los pájaros han muerto.Creo que todavía no he nacidoy hace mil años que me desconsuelo.Contemporánea de las hojas, pidoun poco más de tierra para el cielo.Anduve en la llovizna y el poniente,entre gastadas amapolas. Era

el agua apenas agua en cada fuente;la primavera, apenas primavera.En un rápido susto de ladrillosvi desaparecer a la paloma y oí,por lejanísimos pasillosel ruido de la sangre cuando asoma.Toqué la quemadura y el estruendocon piedras sobre el techo, con pavores,para empezar, para seguir viviendouna estación de atroces resplandores.IIEnumero verídicas arenas,lo que a orillas del tiempo he recogido:montones de estropeadas azucenas,algunas caracolas sin sonido.Pero digo: —No importa que estén rotas,que se hayan muerto todas estas flores.Ya volverá la música a sus notas,ya Dios inventará cosas mejores.Pero veo que el cielo no termina

y que no muere toda voz que canta,que la alborada pisa la colinay en azufre y ceniza se levanta.Alzo mi fortaleza de suspiroy mi sangre arrancada de una hoguerapara que sea cierto lo que miroy que no sea lo que Dios no quiera.Esto es mi clima y mi pobreza, hermano.Nada te puedo dar de lo que tengoporque no está la forma de mi manoresuelta en el crisol de donde vengo.IIISeré materia de esperanza. Digo:—Cuando madrugues, cuando te enamores,cuando mires los ojos del amigoy te distraigan aparentes floresya habrán vuelto a su mundo sin abrigolos jardineros y los aviadores.Porque ésta es la verdad: ya crece el trigo,ya empiezan a cantar los ruiseñores.

Hay una insinuación de primaveraen inminentes pájaros librada.¿No la ves ya rondar tu calendario?Mi vida no la ve, pero la espera convestido de fiesta y demoradaen un acontecer imaginario.

EpílogoY menos mal que ya la enredaderaazogada de lluvia, merecíapecíolos de luz, mientras la erabajo el silencio azul reverdecía.Un capricho de nubes sólo fueraaquella negación del mediodía,abierto luego en un portal de esperay en una ingenuidad de celosía.Desavenido el cielo en mi ventana,su repentina dicha en mi amargura,casi temí al milagro esa mañana.Hasta que el viento, amigo y forastero,me convidó a aprender agrimensurapor entre el cardo en flor y el duraznero.

MARÍA ELENA WALSH (Ramos Mejía, Argentina, 1930 - BuenosAires, 2011). Poeta, novelista, cantante, compositora, guionista deteatro, cine y televisión, es una figura esencial de la culturaargentina.Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes. A los quince añoscomenzó a publicar sus primeros poemas en distintos medios, y en1947, apareció su primer libro: Otoño imperdonable. En 1952 viajó aEuropa donde integró el dúo Leda y María, con la folclorista LedaValladares, grabando discos en París. Desde 1960, ya en laArgentina, escribió programas de televisión para chicos y paragrandes, y realizó el largometraje Juguemos en el mundo, dirigidopor María Herminia Avellaneda. Asimismo, escribió guiones paracine y su música fue incorporada a filmes de trascendencia. En 1962estrenó Canciones para Mirar en el teatro San Martín, con tan buenarecepción que, al año siguiente, puso en escena Doña Disparate yBambuco, con idéntica respuesta. Esas obras se publicaron comolibros en 2008.A partir de 1960 nacieron muchos de sus libro

un presagio madura tristemente en mi pulso. Por él ¡oh despiadado! ya imagino las noches en que andaré descalza por pasillos oscuros. Retoños de dolor que imaginó mi frente en rojas certidumbres florecerán maña